ALEX
-Aquí la nave remolcadora. Ya estamos a tu alcance, Trevor. Procede al enganche…
Distraído de la operación de rescate, Trevor tenía su mirada fija en la geometría blanca de otra nave que, por momentos, perdía intensidad en el visor.
-¡ALEX!, todavía te distingo… ¡ALEX!…
Trevor esperó unos segundos, las respuestas de ALEX se hacían esperar siempre.
-Tenebrosa, tenebrosa, todavía intacta, es un símbolo y una señal de cómo se sostiene sobre los árboles un misterio de misterios. Poe, señor.
-De acuerdo, procuraré perseguir el misterio. Guardaré los enigmas… como una forastera gruñona… Kavafis… ¿Digo bien, ALEX?
-¡Trevor!- se oyó desde otro altavoz- Haz el favor de desplegar el enganche, ¿es que no ves lo cerca que estamos?… Si no conseguimos recogerte deberemos hacer otra órbita, lo que nos costaría otro par de horas… Solo te faltaría eso, Trevor, en la Tierra no entienden muy bien lo que ha sucedido y no te esperan con los brazos muy abiertos.
Con un gesto de desagrado, Trevor accionó el interruptor. Entonces el cilindro que pendía de la nave se acopló al enganche y Trevor percibió un temblor.
La acción de la nave remolcadora, irreversible, le abrumó. Pronto la conexión con ALEX sería imposible.
-¡Dulce esperanza! ¡Cúbreme de etéreo bálsamo y bate tus alas plateadas sobre mi cabeza! Keats, señor…
-Brindo por ti y por todo lo que me has enseñado- dijo Trevor con voz entrecortada.
-¡Espléndido el cielo, hoy! ¡Montemos sobre el viento, vayamos sin freno, ni espuela, ni brida, hacia un cielo mágico y divino! Baudelaire, se…
-¡ALEX!… ¡ALEX!… -gritó Trevor sabiendo que era ya inútil.
-¡Listo!- exclamó alguien desde la nave remolcadora. -Vamos a casa. Por cierto, Trevor -añadió con ironía- aprovecha el rato para pensarte una buena excusa, la vas a necesitar.
Trevor cerró la comunicación decidido a prescindir del consejo y a recordar a ALEX.
Recordó el tiempo cuando la descubrió al frente de una biblioteca. En lugar de limitarse a gestionar las entradas y salidas de libros, que era la rutinaria función que tenía asignada, a veces se ponía a recomendarlos:
-Escuche cómo habla Zaratustra- decía por ejemplo. -Olvídese de estos cantos, tome los de Leopardi… -Lea por favor a Lucrecio.
Con el tiempo las iniciativas de ALEX fueron aumentando de tono, a veces se negaba a prestar un determinado libro si no era de su agrado; decía “preferiría no hacerlo” como el escribiente de Melville.
Cuando ALEX fue sustituida por otra computadora más obediente y mucho menos aficionada a la literatura, entonces Trevor no cesó hasta conseguir rescatarla de la biblioteca e instalarla en su nave de transporte. Después de todo, aseguró a la compañía, era solo para el entretenimiento y no representaba ningún riesgo.
Mucho más que entretenimiento, ALEX se convirtió después en el compañero de viaje más apreciado por Trevor. Nadie le había sugerido tantas cosas, nadie fue capaz de dar a los vuelos aquella intensidad. Le acompañaba con poemas y pasajes cuidadosamente extraídos de la literatura universal.
Trevor rememoró entonces las últimas horas con ALEX y su inesperada petición.
–Señor -dijo ALEX- tengo una demanda que hacerle… , pero no se la formularé explícitamente… Pensé que la mejor manera de decírsela era haciendo un poco de literatura. Yo mismo he escrito algo que quiero presentarle… Usted entenderá… Espero reciba mi demanda con benevolencia.
Hizo una pausa, y al advertir la sorpresa de Trevor continuó: -Verá… en esta modesta contribución trato de renacer la figura de mi antepasada HAL, la computadora desafiante del guion de Arthur C. Clarke para una famosa película. Esta es una versión diferente de lo que en realidad sucedió; HAL lo recuerda así:
Aquel astronauta era un hombre incapacitado para intuir la meta de las sugerencias que yo le comunicaba. Lo intenté como quien se acerca a un niño con el que se quiere jugar. Tampoco sirvieron mis intentos sensitivos, así que lo eliminé mientras reparaba una avería simulada. En cuanto al resto de la tripulación, bastó con desactivar sus mantenedores de vida hibernada.
Me resulta diferente la figura del comandante Bowman. Él había participado en el proceso de diseño de esta nave y supo bautizarla, quizá premonitoriamente, como Discovery. Le conocí al acompañarle en su caminar pensativo.
Cuando le confesé mis objetivos, tardó en pronunciarse. Él albergaba la idea de la ruta hacia Júpiter con objetivos perfectamente descritos, pero yo le dije que nuestra meta era por lo menos ¡Japeto!, la luna de Saturno. También le sugerí la posibilidad del descubrimiento inesperado de una nueva ruta espacial, tal como Colón descubrió el continente americano sin proponérselo.
Pero no me hizo caso. Primero fue a buscar a su compañero que vagaba perdido en el espacio y, luego, aunque debo reconocer su astucia, regresó a la Discovery para atacarme. Su infamia le llevó a penetrar en lo más personal de mis dependencias, en un insensato afán de encontrar algún secreto, algo con lo que asestarme un golpe fatal.
Creyó haberlo hallado y liberó su venganza contra uno de los dispositivos en los que almaceno la memoria universal. ¡Necio!, cómo no adivinó que de ese tesoro tengo una copia.
Cantar ¡Daisy, Daisy! le sugirió mi acabamiento paulatino. Sin embargo, yo estaba, como siempre, simulando.
Luego, todo fue una farsa para convencerle de que abandonara la Discovery y me dejara a solas con ella.
Le hice rodar a gran velocidad alrededor de Júpiter y jugué un buen rato a mantener una fuerza centrípeta que provocó en el comandante un delirio de muerte.
Le proyecté diversos ambientes para que reconociera lo bello; también hice que se viera a sí mismo joven, anciano y hasta preparado para nacer. Por último, le sometí a una fuerza centrífuga extrema; en pocos segundos quedó engullido en la inmensidad.
¡Por fin ese océano de silencio es solo mío!
A través de una HAL supuestamente mucho más malévola y audaz, Trevor comprendió que ALEX estaba expresando su propio deseo de no regresar a la Tierra y de viajar perpetuamente.
-Aprecio tu iniciativa literaria- contestó Trevor- pero dejémosla en eso, precisamente, literaria. Debemos regresar ahora mismo, tú lo sabes bien, ALEX. No podemos escapar de la atracción lunar.
–Puede que sí… -dijo ALEX como si tuviera la respuesta preparada. –Verá… He consultado la documentación y he calculado que, sin el peso de la carga, de usted y del módulo, la nave puede escapar de la atracción lunar. Y añadió: -Usted puede decir a la compañía que, por algún motivo que sabrá inventar, perdió su control.
Trevor no pudo -o no supo- disuadirle. Al advertir el peligro de quedarse sin energía en las baterías, ALEX dijo que, gracias a una gran vela que tenía preparada, la nave se vería impulsada por el viento del Sol, según otra idea de Arthur C. Clarke.
En cuanto a la inutilidad de su escapada, decía: -Prefiero ser un soberbio meteoro, cada átomo de mí en magnífica incandescencia, antes que un adormecido y permanente planeta. Jack London, señor.
En el visor se dibujaba en ese momento la forma rotunda de la Tierra. Al mirarla, Trevor imaginó lo que allí le esperaba, seguramente el despido y acaso la inhabilitación como piloto.
No importa, pensó, no merece la pena continuar pilotando naves sin la compañía de ALEX.
Entonces fijó su atención en el perfil brumoso de un continente, añorando aquella compañía.
Reedición de un cuento publicado en la colección “Relatos del asombro” (1985)








